Konstantin von Tischendorf acarició las hojas de pergamino y tuvo la sensación de que los latidos de su corazón le iban a reventar el pecho. Había extraído el grupo 129 páginas de un cesto que contenía gruesas resmas y trozos incompletos de toda clase de papiros y pergaminos manuscritos, destinados a alimentar el fuego de la estufa del convento de Santa Catalina, como resultado de la limpieza de documentos de los archivos considerados inútiles, al igual que otros dos grandes cestos ya utilizados ese mismo día de Mayo de 1844, en lo que parecía un ridículo intento de ahorro en el presupuesto de leña por parte de los santos religiosos de la congregación ortodoxa del monte Sinaí.

El joven Tischendorf, ya catedrático en Leipzig con menos de 30 años, reconoció inmediatamente un documento de gran antigüedad, por tratarse de griego en escritura continua y caligrafía uncial, es decir letras mayúsculas, forma ya abandonada en la época tardorromana. A la alegría de aquel descubrimiento se unió el pesar de considerar la enorme cantidad de documentos sin duda destruidos por la ignorancia de los monjes, en un monasterio que llevaba casi mil quinientos años en el Monte Sinaí custodiando la zarza ardiente de Moisés, sin haber dejado de estar habitado en ningún momento.

Ante el interés del investigador, los monjes sólo le permitieron llevarse 43 hojas para su análisis y traducción, aunque Tischendorf volvería posteriormente al monasterio y recogería otras partes. Estas páginas manuscritas constituyen actualmente, junto con las otras encontradas posteriormente, el ejemplar más antiguo del Nuevo Testamento junto con fragmentos incompletos del Antiguo Testamento, se conoce como “Codex Sinaiticus” y se conserva actualmente en la Biblioteca Británica tras pasar por la biblioteca de los zares, aunque este aventurero y complejo periplo constituye una historia que excede lo que se puede narrar aquí.

Por desgracia este desprecio hacia la documentación del pasado parece permanecer, y nos encontramos con un gran abandono de los archivos documentales de las instituciones, con ejemplos muy graves como el cierre en 2016 por parte del Ministerio del Ejército, del Archivo General de la Marina “Álvaro de Bazán”, en el Palacio del Marqués de Santa Cruz, por un plazo indefinido ya que carece de archivero. Al menos los documentos no corren peligro.

En esta sintonía negativa nos encontramos también los arquitectos al ver como la Junta de Gobierno del Colegio de Arquitecto de Madrid, nuestro COAM, decide imitar a los santos (e ignorantes) monjes de Santa Catalina quemando 20 años de expedientes profesionales sin mirarlos siquiera, es decir, sin molestarse en abrir las cajas que los contienen para analizar su contenido, y sin poder argumentar que, al menos, lo hacen para calentarse, sino porque constituye un ahorro de 8 ridículos euros por colegiado al año, lo que parece más que una gestión prudente una cicatería.

Bueno, como no tenemos ningún erudito alemán a mano, desde ADN COAM lo que estamos haciendo es recurrir a los medios que la democracia proporciona a sus ciudadanos y, tras haber intentado sin éxito que entraran en razón los órganos de gobierno colegiales, en los próximos días informaremos sobre las medidas que desde ADN se están tomando para impedir este despropósito. Estamos convencidos de que esta lucha por el patrimonio cultural colectivo será apreciada por las siguientes generaciones no solo de arquitectos, sino la ciudadanía en general.

 

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La DESTRUCCIÓN del ARCHIVO ¿CONTAGIA al COAM?

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